Un libro del cirujano Hugo Said Alume sobre la finitud
de la vida que replantea la existencia

Conmovedoras historias que ilustran cómo las personas replantean su existencia ante enfermedades terminales y el acompañamiento médico ante esas situaciones, integran el libro “Quien tiene un Para Qué….puede soportar cualquier Cómo”.

56e3039163c19_260x173Un libro del cirujano Hugo Said Alume sobre la finitud de la vida que replantea la existencia – Télam – Agencia Nacional de Noticias

En la publicación, editada por Galáctica, surgen historias de hombres y mujeres cuyas experiencias rozan la ficción desde el momento en que una enfermedad hace eclosión en sus vidas y así se vuelven protagonistas de situaciones inesperadas, en las que deben dar respuestas que en muchos casos resultan una forma de aprendizaje, inclusive, para los mismos profesionales.

Alume, de extensa trayectoria como docente universitario junto a René Favaloro y hacedor de la carrera de cirugía cardíaca y vascular de la Universidad del Salvador, reconstruye en el libro experiencias de quienes pudieron superar la enfermedad, de vidas que quedaron en el camino, y de familiares que acompañaron con dignidad la muerte de sus seres queridos.

“La vida es una enseñanza en la que uno sabe que en un determinado momento la finitud va a ser inexorable y uno tiene que prepararse para la muerte y saber cómo enfrentarla”, dice en diálogo con Télam, Alume, quien hoy es director de la carrera de Medicina, de la Universidad Católica.

Con una infinidad de anécdotas en su haber que escapan al libro, Alume recuerda en la entrevista con Télam mojones de su carrera que lo enorgullecen, como un programa que encaró en el año 68, cuando trabajaba en la Universidad del Salvador, y junto a otros médicos asistieron durante tres años a 12 mil indígenas salteños, que vivían a la vera del río Pilcomayo.

“Allí los recién nacidos morían al séptimo día de nacer. Descubrimos que era por tétanos, porque la gente usaba cualquier tipo de elemento para cortar el cordón umbilical de los bebés”, cuenta.

“Ante esa situación, a las indias, que no iban a tener nunca partos en consultorios, los médicos les entregaron un frasquito con alcohol, con la mitad de una hoja de afeitar y una piola, y les explicaron cómo manejarse para evitar infecciones”.

Con el apoyo del Ministerio de Salud de Salta, los médicos llegaban con aparatos de radiología, ambulancias, medicamentos, y si bien se pudo asistir a muchas personas, el programa finalmente se cortó..

“Lamentablemente a este tipo de programas hace 50 años atrás, se les colgaba el San Benito de que era comunista o guerrillero, a tal punto que un coronel de frontera nos amenazó con pegarnos un tiro en la nuca si no nos íbamos”, recuerda Alume, en la entrevista.

– El libro es una especie de memoria de vida y reúne muchas historias realmente inquietantes, ¿cuál lo conmovió particularmente?
– Hay una que le contaba a mi nieto que hoy de 14 años, y es la de Ruth, una mujer judía con una enfermedad terminal, preparada internamente para morir. Tenía un Cristo delante de ella y me dijo que había estado rezando un padrenuestro para que le dijera la verdad respecto de si la enfermedad que padecía la llevaría a la muerte, para ayudarla a “bien” morir a ella, con plena conciencia de lo que iba a suceder.
Otro, es el caso de un actor de 32 años, con un cáncer de pulmón avanzado, que me pidió que le dijera si realmente se iba a morir, y en un trabajoso ‘si’, le expliqué que su situación era crítica. Entonces me dijo: “yo no quiero morirme rodeado de caras extrañas, quiero morir en un amanecer con la brisa golpeándome la cara, rodeado de árboles y con mi gato”. Entonces nos pusimos de acuerdo para trasladarlo a la casa -donde vivía con su hermano-, lo cual era complicado porque estaba con sueros, oxígeno y drenajes. Y hubo una presentación judicial que paró el traslado y nunca supimos con certeza quién la hizo. La cuestión es que este joven, que tenía dos hijos, se murió en el hospital, con la sensación de frustración de no haber podido morir como quería.

– En el libro usted dice que “peor que el cáncer es la muerte de la esperanza”, a partir de qué surge esa reflexión?
– En una oportunidad, entró a mi consultorio un señor para pedirme un medicamento para el cáncer de colon, porque no estaba el oncólogo, en ese momento. Me contó que era capitán de navío de alta mar y en un momento su mujer autorizó que sus hijos de 8 a 10 años fueran a Mar del Plata, pero nunca llegaron, debido a un accidente. Entonces me dijo: “yo no me puedo morir, soy el sostén moral de mi mujer, porque está en profunda depresión”.
Cuando se retiró escribí esa frase. El hombre padecía un cáncer avanzado pero la esperanza de cuidar a su mujer, le daba una fuerza especial.

– ¿De acuerdo a su experiencia, cómo cree que llegan las personas al momento de la muerte?
– El hombre que pasó su vida acumulando riquezas porque su objetivo fue acumular cosas materiales, al momento de morir, le debe significar un duelo terrible, porque está dejando todo lo que acumuló; en cambio, creo que el que tiene el equipaje liviano puede partir con un sentimiento de plenitud. Como decía el poeta Antonio Machado: “Y cuando llegue la hora/ Me encontraréis a bordo/ ligero de equipaje/Casi desnudo/ Como los hijos de la mar”.

– En el libro hace una mención a la psico-oncóloga Silvia Garsd, del programa Apostar a la Vida, por qué?
– La mision de “Apostar a la vida” es acompañar a personas con cáncer a través del apoyo psicológico.
Antes la palabra cáncer estaba vedada porque no había respuesta médica, entonces los familiares venían y pedían que el paciente no se enterara de su enfermedad.
Ahora el individuo tiene enormes posibilidades de curación, pero para eso tiene que afrontar la enfermedad, ese es el cambio.
Esta médica me contó un historia conmovedora sobre una mujer que ante la necesidad de gastar el dinero que le sobraba decide hacerse una cirugía para incrementar sus mamas y cuando le hacen los estudios descubre que tiene cáncer.
Tenía una moto y una lancha que no usaba y tres hijos a los que no les dedicaba tiempo. Luego de la cirugía a la que debió someterse esa mujer dijo que encontró el verdadero sentido de la vida: no tiene la lancha, no tiene la moto, no ve televisión y dedica la vida a sus hijos.

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